¿Dónde quedan tus regalos?
De San Valentín al cajón
Ana no estaba buscando un regalo cuando vio el anuncio en Facebook. Solo revisaba su celular cuando apareció: un smartwatch nuevo, en su caja, más barato que en las tiendas. El vendedor decía que lo había ganado en una rifa y quería venderlo.
Pensó en Ricardo. El 14 de febrero estaba cerca y quería darle algo especial sin gastar de más. Dudó un poco, revisó el perfil del vendedor y decidió intentarlo.
Durante las siguientes semanas ahorró como pudo. No fue un plan perfecto, pero cuando juntó el dinero, le escribió al vendedor. Quedaron de verse en un lugar público. El encuentro fue rápido: caja sellada, reloj encendió, pago hecho. Ana se fue tranquila, con la emoción de haber encontrado “una buena oportunidad”.
El 14 de febrero comieron juntos. Ana le entregó el regalo con ilusión.
—¡Un smartwatch! —dijo Ricardo, sonriendo.
Le agradeció el detalle, aunque el color no era muy su estilo y nunca había sido de usar relojes. Se lo puso ese día y nada más.
Con el paso de las semanas, el reloj fue quedando guardado. Primero por desuso, luego por fallas, hasta que dejó de funcionar.
Ana intentó contactar al vendedor. No hubo respuesta. Entonces entendió algo que no había pensado al comprar: no tener una tienda a la que regresar lo cambia todo. No había garantía, ni cambios, ni devolución.
Tiempo después, hablaron del tema con calma. Se dieron cuenta de que el 14 de febrero no solo es una fecha para regalar, sino para pensar si el gasto realmente valía la pena. Si comprar por emoción, presión o “porque es la fecha” es la mejor forma de demostrar cariño.
El reloj terminó en un cajón, pero la lección no.
Antes de comprar un regalo, detente un momento
La historia de Ana no es única. Cada año, después del 14 de febrero, muchos regalos terminan guardados en cajones, olvidados en el clóset o arrumbados en una repisa. No porque no haya cariño, sino porque se compraron sin pensar en la persona, en el uso real o en las condiciones de la compra.
San Valentín suele venir acompañado de presión: gastar, sorprender, cumplir. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar si ese regalo será útil, si realmente encaja con quien lo recibe o si podremos cambiarlo si algo sale mal.
Antes de comprar, vale la pena detenerse un momento:
- ¿Lo necesita o realmente lo va a usar?
- ¿Tiene garantía o posibilidad de cambio?
- ¿Estoy comprando por amor o por compromiso?
Porque un regalo no demuestra más cariño por costar más, sino por estar bien pensado y ser útil para la otra persona.
Y porque cuidar el dinero también es una forma de cuidar la relación.
CONDUTIP
Este tipo de fechas suelen empujarnos a comprar rápido y sin pensar demasiado. Sin embargo, un regalo no tiene que ser costoso ni perfecto para ser significativo. Antes de sacar la tarjeta o entregar el efectivo, vale la pena hacer una pausa y reflexionar.
Ten en cuenta lo siguiente:
Piensa en la persona,no en la fecha.
Un buen regalo conecta con los gustos, necesidades y estilo de quien lo recibe, no con lo que “se supone” que hay que regalar ese día.
Evita las compras impulsivas.
Las ofertas “por tiempo limitado” o los anuncios en redes sociales pueden presionar decisiones que después pesan en el bolsillo.
Compra en lugares que te den respaldo.
Elegir establecimientos formales te permite contar con garantía, cambios o devoluciones si algo no sale como esperabas.
Pregunta antes de pagar.
¿Qué pasa si no funciona?, ¿puede cambiarse?, ¿hay garantía? Hacer estas preguntas también es una forma de cuidado.
No confundas precio con cariño.
Gastar más no significa querer más. Muchas veces un detalle sencillo, bien pensado, vale mucho más que un regalo caro que termine sin usarse.
Recuerda tu presupuesto.
Un regalo nunca debería desajustar tus finanzas ni generar deudas que duren más que la celebración.
Al final, el mejor regalo es el que no termina olvidado en un cajón, es el que se elige con calma, se compra con información y cuida tanto tu dinero como tus relaciones.
https://revista.condusef.gob.mx/wp-content/uploads/2026/02/regalo_311.pdf
